El furor del señor Pérez no tuvo límites; se aferró con violencia a la reja; vanos esfuerzos, porque el gitano estaba al abrigo de su cólera.

—Ya lo sospechaba. ¡Y no será ahorcado más que una vez!—aullaba el infortunado corregidor sin soltarse de la reja.

Por fin, amigos caritativos le arrancaron de allí, la multitud se dispersó poco a poco, y cuando llegó la noche ya no había casi nadie alrededor de la capilla.

—Por fin me han dejado libre esos curiosos estúpidos—dijo el gitano cuando daban las once en el reloj de San Francisco—. Pero no, ahí vienen otros, y de la más peligrosa especie—dijo viendo a dos sacerdotes, con sotana negra, que avanzaban hacia la capilla.

El hermano guardián salió a su encuentro.

—¿Qué quieren ustedes?—preguntó duramente al de más edad, porque ya se sabe el odio que la raza monacal tiene al resto del clero.

—Oír a ese cristiano que nos ha enviado a llamar—respondió gravemente el sacerdote.

—¡Es imposible! ¡Por Santiago! Ha despedido al reverendo padre Pablo tratándole como a un arriero borracho.

—Es decir, ¡que nosotros mentimos, perro maldito!—exclamó el sacerdote más joven.

El gitano, tranquilo hasta entonces, había sido simple espectador de aquella escena; pero al oír aquella voz bien conocida, exclamó: