Y dirigiéndose a Blasillo, porque era él quien, sombrío y abatido, le miraba fijamente:
—¡Qué tal! Blasillo, hijo mío, adiós. Nuestros proyectos...
—¡Mi comandante! ¡mi pobre comandante!
Y lloraba.
—Mira, si siento dejar la vida, es por ti; te amaba.
—Yo no le sobreviviré.
—Niño, ¿no tienes aún mi tartana y mis negros? Vete, huye a América... eres joven, valiente...
—No, yo le vengaré... aquí.
—Blasillo, te lo prohíbo; tú ejecutarás mis órdenes.
—Usted será vengado. Mi plan está aquí, fijo, cierto como la muerte que le amenaza, porque usted va a morir. ¡Usted tan valiente, tan grande! ¡morir! ¡morir como un miserable!—decía Blasillo en voz baja para no despertar las sospechas de los guardianes, y se retorcía los brazos.