El gitano puso una mano sobre su frente.
—Mira, Blasillo, acabemos esta escena; es atroz. ¡Adiós! Déjame.
—Comandante, aun no, aun no...
—Escucha, hijo mío; en una cajita de hierro encontrarás un mechón de pelo: es de mi pobre hermana; encontrarás también un viejo cinturón: es el que mi padre llevaba cuando le mataron: quema ambos objetos. Lo demás te pertenece, todo, hasta el saquito que te hará dueño del judío de Tánger, si es que tienes el capricho de volver por allá.
—Pero ¡no poderle salvar! ¡ver su agonía, sus sufrimientos!
—¡Por el rayo, Blasillo! ¿olvidas, hijo mío, nuestras largas y rudas travesías, nuestros sobresaltos, nuestros peligros, seguidos siempre de nuevas fatigas?... mientras que mañana, Blasillo, descanso, y descanso de verdad, y para siempre. No me compadezcas, pues; si sufro, es por ti. En fin, adiós; huye de España, vete a otro país; vende la tartana y los negros, vete a vivir tranquilo y dichoso, y, en medio de tu felicidad, acuérdate alguna vez del gitano.
Blasillo cayó a sus pies.
—¿No te parece, hijo mío, que es una lástima acabar mi vida por donde debería haberla comenzado? Si yo hubiese tenido a los veinte años un amigo como tú y una amante como Rosita, no estaría en este lugar, tendría aún ilusiones, una familia, dulces afectos, y me extinguiría dulcemente un día rodeado de mis nietecitos... ¡Singular destino!...
Y después de una pausa, se quitó un pañuelo de seda roja que llevaba al cuello y se lo dio a Blasillo.
—Toma, lo llevarás en recuerdo mío. ¡Adiós!