—¡Ah! hasta la muerte...
—¡Vamos!... ¡adiós!...
El reloj de San Francisco dio las doce.
Cada campanada vibraba de un modo desgarrador en el corazón del pobre niño; a la última, cayó desvanecido.
El gitano lanzó un grito, el sacerdote acudió corriendo y el carmelita también.
—¡Virgen santa! ¿qué tiene su compañero?—preguntó el guardián.
—Nada; la emoción que le ha producido el oír tan grandes pecados.
—Vaya, hijo mío, tranquilícese—decía el buen anciano levantando a Blasillo.
Este volvió en sí, miró a su alrededor, y se precipitó de nuevo en los brazos del gitano.
—¡Cuánta caridad!—decía el guardián—; va a herirse con las cadenas de ese bandido.