El sacerdote se vio obligado a arrancarle de sus brazos casi sin conocimiento.
—Señor—le dijo el gitano—, quisiera volver a ver a usted mañana.
Se quedó solo, meditó profundamente toda la noche, y cuando las campanas del Angelus y la primera claridad del día le sacaron de su ensimismamiento, se pasó la mano por la ancha frente, y dijo:
—Por mucho que haga, no puedo creer en la eternidad.
Después añadió sonriendo:
—¡Y no me disgustaría equivocarme!
XIII
EL GARROTE
Me parece que debe usted sentir
dejar esta hermosa vida, le dije yo
con el aire del más grande interés.
J. Janin, «El asno muerto».
(En medio de la plaza de San Juan se eleva un estrado, al que dan acceso dos escaleras; en el centro, un sillón de madera muy sencillo, adosado a un largo palo; dos filas de milicianos se extienden a cada lado del cadalso y forman un largo cordón que llega hasta la capilla. Una numerosa multitud llena la plaza y las ventanas, los balcones y los tejados de las casas de la misma: las murallas y hasta las fortificaciones, han sido también invadidas por la multitud. Son las once, de la mañana, el sol brilla, y la alta cúpula de San Juan, se destaca sobre un cielo puro y azul).