El barbero Flores (a un hombre del pueblo).—Hágame el favor, compadre, de ponerme delante de usted, porque como no soy muy alto, podrá usted ver por encima de mi cabeza, y, ¡Dios me salve! estos espectáculos son desgraciadamente tan raros, que entre cristianos hay que ayudarse en la vía de salvación.

El hombre del pueblo.—Pase, pues, señor, y no me olvide en sus oraciones.

Flores.—La Virgen del Carmen le bendecirá, compadre, y usted no se arrepentirá de haberme hecho ese favor cuando sepa que yo conozco curiosos detalles de ese renegado que van a ajusticiar.

Una joven.—¡Virgen santa! ¿Usted lo ha visto, quizá? ¡qué dicha! semejante suerte no se ha hecho para gentes como nosotros; durante los tres días que el reo ha pasado en capilla, los buenos puestos delante de la reja no eran más que para las grandes damas.

Una joven (cargada de cintas y llena de afeites y de lunares).—Yo soy, pues, una gran dama, porque yo le he visto como veo la bacía de ese barbero de piernas de garza ¡y por mi patrona!...

Flores (encolerizado).—Tu patrona, hija mía, no figura en el calendario, y si no me equivoco, ha dado muchas veces la vuelta a la ciudad, con la cabeza rapada, y montada en una burra, con la cara vuelta hacia la cola...

La joven (sacando la navaja de la liga).—Barbero del infierno, tu garganta es demasiado estrecha para esas palabras; ¡por Cristo! te la voy a ensanchar.

Un majo.—¡Vamos, cállate, cállate, joven de las cintas! vuélvete a la calle del Fideo a tocar la guitarra y a echar flores a los transeúntes detrás de tu celosía. Si has visto al gitano de tan cerca, es que seguramente el verdugo te habrá ayudado muchas veces a ponerte la mantilla, y te habrá protegido en estas circunstancias. (Quitándole el cuchillo). ¡Demonio! no juegues con este alfiler, porque te puedes pinchar y yo también. ¿Quieres que la devuelva a su sitio, hermosa?

La joven.—¡Hereje! pero seré vengada, porque ahí viene el hermano José.

Un capuchino (llevando en una mano una linterna con dibujos que representan diablos entre llamas, y en la otra una bolsa).—Por las almas que sufren en el purgatorio, hermanos, dad una limosna y Dios os lo pagará. (Los asistentes saludan humildemente, se arrodillan con compunción, pero no dan nada.)