La joven de las cintas.—Ave Maria, hermano José, tome este real y ruegue porque ese perro de majo sea destripado en la primera juerga que corra. Diga, hermano José, ¿le veré pronto? Mi estera es blanca; mis alcarrazas tienen flores frescas y yo le guardo magníficos cigarros de la Habana.

El capuchino (volviendo rápidamente la espalda, y gritando en alta voz).—¡Por las almas del purgatorio, señores!

La joven.—Hermano José, hermano José, ¿me ha olvidado, usted, pues? y sin embargo, yo no he omitido ni una misa ni un Angelus.

Flores.—Parece, compadres, que el reverendo dirige la conciencia de la señora: afortunadamente es robusto, porque esa debe ser una terrible tarea. ¡Amén!

La joven.—¡Caramba! ¡es bien duro oír calumniar así a un santo varón por un comunero, un masón!

Muchas voces.—¡Un masón! ¡un comunero! ¿dónde está el masón?

Flores (palideciendo).—¡Por el seno de tu madre! cállate, niña, y no gastes esas bromas; no hizo falta más para que Pérez fuese molido a palos.

La joven.—Ya lo oyen señores, él conoce a Pérez, que recibió, por la gracia de Dios, más bastonazos que barbas ha rapado ese barbero hereje en su vida. Ved, si no; lleva una cinta verde al cuello; por la Virgen que me ve y me ilumina ¡es un masón! alejadle, pues, hijos míos, alejadle. (Rumores en el pueblo.)

Muchas voces.—¡Al agua el comunero! ¡Muera el masón! ¡Al agua!

Flores.—Les juro por la sangre de la cruz, compadres, que esa cinta no significa nada, y que...