El verdugo.—Compadre, ¿acaso mato yo sus animales? Cada cual a lo suyo. Venga ese cuchillo.

(El carnicero se retira en medio de los aplausos de la multitud; el verdugo recoge cuidadosamente el dinero, va hacia el gitano, le agarra el brazo y le corta la mano.)

La multitud.—¡Bravo! ¡muera el hereje!

El gitano.—Creí que esto era más doloroso.

El sacerdote (con voz sonora y fuerte).—Era culpable ante los hombres, pero este martirio le absuelve ante Dios.

Blasillo (precipitándose sobre la mano ensangrentada y guardándola bajo su capa).—Sacerdote, no lo dices todo, ¡esa sangre caerá sobre ellos! Adiós, comandante, aun me hace falta fuerza para vengarte; me voy, porque un minuto más me mataría. (Blasillo desaparece entre la multitud.)

Como el momento se acerca, se hace un profundo silencio.

El sacerdote se arroja en los brazos del condenado; el verdugo se aproxima y pone al cuello de la víctima la argolla; aprieta después el torniquete que hay en la parte posterior y oprime violentamente el cuello del paciente. Una vuelta más, y el gitano queda estrangulado; en aquel momento el sacerdote le echa un velo a la cara, y cae a sus pies rezando; la multitud aplaude de nuevo y se retira satisfecha. Por la tarde, cuando ya el sol se oculta detrás de la torre de la Aduana, el alcalde volvió al cadalso, donde habían dejado el cuerpo del ajusticiado. Allí se descubrió, sin que el gitano correspondiera a su atención, y entonces los ayudantes del verdugo arrojaron su cuerpo al muladar, donde fue devorado por los perros.

XIV

MAESTRO PLOCK