El gitano.—¡Por fin!
El verdugo.—¡No, señor!
El alcalde.—¡Cómo!
El verdugo.—Me han hecho venir de Córdoba para dar garrote al reo, pero no para cortarle la mano. No tengo yo la culpa si ha muerto el verdugo de Cádiz... Vengan diez duros más, y entonces hablaremos.
El sacerdote.—¡Qué horror, Dios mío!
(El alcalde delibera con la Junta.)
El alcalde (al verdugo).—Vaya, no sea usted...
El verdugo.—No rebajo ni un real...
El pueblo (arrojando el dinero).—¡Ahí van los diez duros!
Un carnicero (agitando su cuchillo).—¡Por Santiago! ¡yo le cortaré gratis la mano, y la otra y la cabeza!