Juana.—Tiene razón el pobre niño.
Blasillo (riendo).—Sí, mujer, el Cielo o el infierno.
El pueblo.—¡La mano, la mano del maldito!
El alcalde.—Señores, un poco de silencio. La justicia, viviente y sagrado símbolo de la Divinidad, no es una palabra vana, y esta justicia se ha impuesto como deber el rendirse a los deseos del pueblo, juicioso defensor de la religión y del trono.
El pueblo.—¡Viva! ¡viva!
El alcalde.—De modo, señores, que la Junta...
El sacerdote (interrumpiéndole).—Señor, en nombre del Cielo, piense que el desgraciado espera la muerte...
(El alcalde continúa impertérrito y pronuncia un largo y conmovedor discurso, tras el cual acaba por conceder al pueblo la mano del reo.)
La multitud.—¡Viva el alcalde! ¡viva el rey absoluto!
El alcalde.—Ya has oído, obra.