Juana.—¡Santa Virgen! ¡Ya van a matarle! Pero...
Un hombre.—¿Y qué?...
Juana.—Es que nos estafan, nos roban... ¿y la mano?
El pueblo.—¡Es verdad, que le corten la mano! (Gritos, tumulto, escándalo. El alcalde consulta con la Junta.)
El alcalde.—Es justo, lo habíamos olvidado. Nuestra es la culpa.
Uno de la junta.—Pero, así no vamos a acabar nunca.
El alcalde.—Mi querido amigo, ya que tenemos tan pocas ocasiones de popularizarnos, aprovechemos ésta. Es cuestión de un momento.
El sacerdote (al gitano).—Amigo mío, perdóneles usted, el fanatismo les extravía.
El gitano.—Ya lo veo.
Blasillo (en voz alta).—¡Bravo, pueblo! inventa nuevas torturas. El Cielo te lo recompensará.