El verdugo.—Señor gitano, el pueblo se impacienta.
El gitano.—Nunca me perdonaría el hacer esperar a su señoría. (Tiende las manos al sacerdote). Adiós, amigo mío.
El sacerdote.—Aun no le dejo.
(El gitano pone el pie en el primer escalón; Blasillo se aproxima a él y le estrecha la mano.)
Blasillo.—Adiós, comandante; usted será vengado, pero de una manera terrible; todo ese populacho pagará lo que hace. Ahora, muera usted; porque yo puedo presenciar su muerte sin palidecer.
El gitano (en voz baja, subiendo las gradas)—¡Adiós, querido Blasillo!
Juana.—.¡Virgen Santa! ¡sabes que ese joven de los ojos ardientes ha hablado al gitano!
Pepa.—Yo lo he visto; sin duda le habrá reprochado algún crimen.
Un hombre.—¡Ah! Por fin el maldito está en el sillón.
Otro.—¡Alabado sea Dios! Ya le ponen el cuello en la argolla.