El gitano.—¡En la muerte! ¡Para qué! ahí está el amigo del chaleco rojo que ya piensa por mí.
Un hombre.—¡Que le crucifiquen! ¡Que le quemen a fuego lento!
El gitano.—¡Qué sol tan puro! ¡qué cielo tan hermoso!
El sacerdote.—Sí, hijo mío, piense usted en el cielo, en el cielo...
El gitano.—Ya hemos llegado; adiós, amigo mío; venga esa mano. Tome esta flor, es todo lo que tengo; guárdela. Adiós, mi buen amigo.
El sacerdote.—¡Ah! ¡con ese valor, con esa energía! ¿qué destino hubiera sido el suyo?
El gitano (enjugando una lágrima).—Es verdad...
El populacho.—¡Oh! el cobarde llora. ¡Muera el cobarde!
El gitano (sonriendo).—¡Es singular! Por un amargo azar del destino cuando estoy a punto de dejar la vida es cuando encuentro los afectos que tan ardientemente he buscado; cuando encuentro a Blasillo, a Rosita y a usted... y a usted sobre todo que me haría creer hasta en la virtud...
El pueblo.—¡Muera el condenado! ¡El apóstata! ¡Ya tardan demasiado!