Un hombre.—¡Bravo! ya está aquí; ¿sabéis que el verdugo está más pálido que él?
Juana.—¡Jesús! el renegado no ha querido un fraile y se hace acompañar por un sacerdote. ¡Qué corrupción!
Una voz.—¿Se han fijado, señores, cómo va vestido?
Juana.—Todo de negro... ¡Jesús y qué desvergonzado! En lugar de pensar en la eternidad va oliendo una ramita de jazmín...
Un hombre.—El infame no parpadea siquiera. ¡Muera! ¡muera!
El sacerdote.—Debe usted sufrir mucho... apóyese en mí. ¡Ay! ya estamos bien cerca de...
El gitano.—Del término de nuestro viaje, es cierto.
Muchas voces.—¡Muera el perro! ¡muera! ¡Que le partan en pedazos!
El gitano.—Cómo gritan...
El sacerdote.—Sí, pero piense usted...