Juana.—No, hijo mío... Tenga cuidado, joven (dirigiéndose a Blasillo que llega en aquel momento envuelto en una capa y que se abre paso a codazos)... por poco me tira usted al suelo... Eso es... póngase delante, en el mejor sitio. (En voz baja a Pepa). ¡Jesús, Pepa! ¿Has visto qué mirada? ¡Parece que le arden los ojos!
Pepa.—¡Ah! será el hijo de alguna víctima del reo... Pero, ya está aquí... ¡Qué alegría, Virgen santa! Desde el día de mi primera comunión, nunca había estado tan contenta...
Muchas voces.—¡Muera! ¡perro maldito! ¡muera el gitano!
Un hombre.—Doy veinte escudos por reemplazar al verdugo.
Otro.—Yo cuarenta, pero quiero degollarle, que se vea su sangre.
Una mujer (arrojando un rico rosario a los pies del alcalde).—Ese rosario vale veinte doblones; lo regalo a la Virgen, pero con la condición de que me lo dejen matar a mí.
Blasillo (pisoteando el rosario y agarrando violentamente el brazo de la mujer).—¡Silencio! ¡silencio, si es que tienes aprecio a la vida!
La mujer.—¡Socorro, Dios mío! este muchacho me hunde las uñas en la carne.
Muchas voces.—¡Silencio! ¡que se calle!
(Llega el gitano cargado de cadenas; marcha apoyado en el sacerdote, y lleva un ramito de jazmín entre los dedos.)