El caballero (muy pálido).—Mirad... y además, aquí tenéis una carta del superior de San Juan dirigida a mí. Leed...
Muchas voces.—No sabemos leer... No le creáis... es un lazo que nos tiende... ¡Al agua!
(Afortunadamente en aquel momento se oyen más sonoros que nunca los cantos de los frailes que acompañan al cortejo, y la multitud deja al pobre hombre, que se refugia en una taberna.)
Una mujer.—¡Ah! ¡qué dicha, Virgen santa! Aquí está la procesión. Mira, Juana, estamos muy cerca del cadalso, y tiene dos escaleras.
Juana.—Eso es porque el reo había mandado un navío de guerra; el verdugo subirá por una escalera y él por otra.
Un hombre.—¡Demonio, qué injusticia! se concede eso a un renegado y se me negaría quizás a mí.
Juana.—Mira, Pepa, los penitentes con el ataúd.
Pepa.—Detrás va el verdugo ¡Virgen santa! no es feo para ser un verdugo; sólo que está muy pálido.
Juana.—Muy sencillo; es el verdugo de Córdoba que viene a reemplazar al nuestro, y como nunca ha matado aquí... pues, claro, se encuentra cohibido...
Un hombre.—Decid, comadres, ¿veis al gitano?