El marino.—Precisamente porque estaba en un lugar sagrado.

La multitud.—¡Claro! ¿Quién se atreve a dudarlo?

El caballero.—Pero, ¿una vez fuera del convento, no podía recuperar su poder?

El marino.—No, porque se había tenido buen cuidado de cargarle de cadenas... ¡casi no podía andar!...

El caballero.—¡Como que tenía una pierna rota!...

Una mujer.—Lo hacía ver, pero era para engañarnos...

El caballero.—Yo, señores, no lo veo muy claro...

Una mujer.—¡Entonces usted no es cristiano!... ¡Virgen del Carmen! ¡no quiere creerlo!...

El caballero (acordándose de la suerte de Flores).—Señora, yo lo creo todo y he prometido un cirio de treinta libras a la Virgen del Pilar; mire, aquí tengo un rosario...

Muchas voces.—¡A ver!...