El marino.—Afortunadamente habíamos comulgado la víspera; a no ser por eso el demonio nos hubiera arrastrado al fondo del infierno.

Un campesino.—Pero, ¿cómo ocurrió eso, señor? Porque se había dicho que ustedes hundieron su tartana.

El marino.—Y es cierto, compadre, pero acto continuo reapareció a nuestra popa, cubierta de llamas y con más de diez mil demonios encima que lanzaban fuego por boca y ojos.

Muchas voces.—¡Virgen santa! ¡rogad por nosotros!

El marino.—Y en medio de ellos el gitano que se debatía blasfemando e insultando a todos los santos del Cielo y al señor gobernador.

La multitud.—¡Jesús, qué horror! ¿y cómo os librasteis del monstruo?

El marino.—Afortunadamente el capitán tenía una botella de agua bendita por el arzobispo de Toledo, y como el infernal buque estaba muy cerca, se la echamos a bordo.

El campesino.—¿Con un cañón, compadre?

El marino.—No, compadre, a mano; y entonces todo se hundió como por encanto, entre los rugidos de los demonios.

Un caballero.—Pero, señor marino, ¿cómo se ha dejado prender el gitano en el convento si estaba dotado de ese poder infernal?