Blasillo.—Puesto que usted se niega, voy a intentar un último medio. (Le enseña un saquito abierto de emblemas jeroglíficos.)

El judío.—¡Que no! ¡semejante tesoro en tu poder!... ¿quién ha podido...? Pero, entra, entra; porque las balas llueven, y no quisiera que esos incrédulos mancillaran ese talismán.

Se abrió la puerta.

Blasillo entró bajando la cabeza, atravesó otras dos enormes rejas de hierro y se encontró en un estrecho patio que no recibía la luz más que por arriba.

—Déjame, hijo mío—dijo el judío—, déjame que examine ese saquito.

Y sus ojos echaban chispas bajo sus espesas cejas.

—Vea usted, padre—respondió Blasillo.

—¡Por las cinco estrellas de Stemboth! éstas son las insignas de uno de los grados más altos de nuestra asociación, y yo debo obedecer a los que las posean, sin informarme de qué modo han llegado a sus manos. ¿Qué me mandas, hijo? El viejo está a tus órdenes.

—Te llaman Jacob, y no obstante tu nombre es Plock, ¿no es cierto, anciano?

—Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.