—Bien, señor Plock; ¿tiene usted unos almacenes cuya entrada da a la playa, cerca de la ensenada de Betim'Sah?

—Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

—¿Y en esos almacenes guarda ricos tejidos de Túnez, tapices de Constantinopla y cachemiras del Cairo?

El judío palideció pero, no obstante respondió:

—Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

—Bueno, pues esta noche vas a hacer transportar esas mercancías a una tartana, con pabellón danés, que hay fondeada en la ensenada de Betim'Sah.

El judío, que estaba arrodillado, se levantó como si le hubiese picado una víbora.

—¡Por la cintura de los majos! Eso es imposible! Los cabellos se me erizan nada más de pensarlo.

—¡Infame judío! ¿Crees que quiero que me regales tus mercancías? Toma, aquí tienes oro para comprarte tus almacenes, a ti y a tu rabino.

—¡Dios del cielo! guarda tu oro, porque me espanta. Te equivocas sobre el motivo de mi negativa, joven... ¿sabes lo que pides de mí?