—Lo sé, maestro Plock.
—No lo sabes, no.
Entonces miró a su alrededor con inquietud, y, como si temiese ser oído se aproximó a Blasillo, le habló un instante en voz baja, y después le miró con aire interrogativo.
—Ya lo sabía.
—¿Y quiere usted...?
—Sí.
Por la noche, Blasillo vigilaba el embarque de las mercancías, y el viejo Bentek y los negros llevaban a bordo los últimos fardos, cuando Plock que hasta entonces había permanecido alejado, se aproximó al joven y le dijo:
—Sólo el demonio, hijo mío, le ha podido encargar de semejante comisión; pero yo me lavo las manos; ¡que la venganza del Cielo caiga sobre usted y sobre los que le mandan!
—¡Que el Cielo le ayude!—dijo Blasillo tendiéndole la mano.
Pero el judío dio un salto hacia atrás.