Golpeó al principio cinco veces, después otras cinco y luego tres más.

—Cinco, diez, trece—dijo su madre, que iba contando—, trece días te quedan aún que vivir, ¡ya lo oyes! ¡y quiera Teus enviarte a nuestra costa, con el cuerpo lívido y frío, rodeado de algas, los ojos sombríos y abiertos, la boca llena de espumarajos y la lengua apresada entre los dientes! ¡Trece días... y tu alma para Teus!

—¡Pero ella, ella!—dijo Kernok, jadeante, presa de un delirio atroz.

¡Ella!—repuso Ivona—; pero no me has pagado más que por ti. ¡Bah! seré generosa.

Después reflexionó un momento poniéndose el dedo en la frente.

—Pues bien, ella también quedará con los miembros rígidos, la cara azulada, la boca espumeante y los dientes apretados. ¡Oh! haréis unos hermosos prometidos, ¡y quiera Teus que yo os vea, en una noche de noviembre, sobre una roca negra que será vuestro lecho nupcial, con las olas del Océano por cortinajes, con el graznido de los cuervos por canto de bodas y el ojo ardiente de Teus por antorcha!

Kernok cayó desvanecido y dos carcajadas siniestras resonaron en la cabaña.

En esto llamaron a la puerta.

—¡Kernok, Kernok mío!—dijo una voz dulce y fresca.

Estas palabras produjeron sobre Kernok un efecto mágico; abrió los ojos y miró a su alrededor con extrañeza y espanto.