A este torrente de injurias y de amenazas, el grumete no oponía más que una calma estoica, acostumbrado, como estaba, a los arranques de su superior.
Y, dicho sea de paso, habéis de saber que, si yo creyese en la metempsicosis, preferiría habitar por toda mi vida en el alma de un caballo de coche de alquiler, de un temporero, de un burro de Montmorency, animar, en fin, a lo que hay de más miserable, que encontrarme bajo la piel de un grumete.
Ya hemos dicho que el grumete no soltaba una palabra; y cuando el maestro Zeli se detuvo para tomar aliento. Grano de Sal repitió con un aire más humilde que de costumbre:
—El desayuno le...
—¡Ah! ¡el desayuno!—exclamó el contramaestre encantado de hacer caer su furor sobre alguien—; ¡ah! ¡el desayuno! ¡Toma, perro!
Esto fue acompañado de un bofetón y de un puntapié tan violento, que el grumete, que estaba en lo alto de la escalera del sollado, desapareció como por encanto, y llegó al fondo de la cala resbalando con rapidez a lo largo de los tramos de la escalera.
Llegado al final de su viaje, el grumete se levantó y dijo frotándose los riñones:
—Estaba seguro; lo he conocido en el modo de mascar el tabaco.
Y después de un momento de silencio, Grano de Sal añadió con un aire muy satisfecho:
—Prefiero eso que no haber caído de cabeza.