Luego, consolado por esta reflexión filosófica, fue fielmente a cuidar del desayuno del maestro Zeli.
V
REGRESO
¡Hola! ¿de dónde viene usted, bello señor,
con la cabeza desnuda... el cinturón
colgando?... ¡Qué palidez!... amigo...
¡qué palidez!
Words-Vok.
Aunque hubiese desahogado un poco su cólera en Grano de Sal, el maestro Zeli continuaba midiendo a zancadas el puente, levantando de cuando en cuando el puño y los ojos al cielo, y murmuraba palabras que era imposible tomar por una piadosa invocación.
De pronto, fijando una atenta mirada sobre la entrada del puerto, se detuvo, asió un anteojo que había cerca de la bitácora y, aproximándolo al ojo izquierdo, exclamó:
—Por fin, por fin, ¡qué suerte! ya está aquí, sí, es él... ¡Vaya una manera de remar! ¡Vamos, firme, bravo, muchachos! ¡doblad, y podremos aprovechar la brisa y la marea!
Y el maestro Zeli, olvidando que era difícil hacerse oír a dos tiros de cañón de distancia, animaba con la voz y con el gesto a los marineros que conducían a bordo a Kernok.
Por fin el bote se acercó al brick y atracó a estribor. El maestro Zeli corrió a la escala a dar el silbido que anunciaba al capitán, y, con el sombrero en la mano, se dispuso a recibirle.
Kernok subió con agilidad por la banda del brick y saltó sobre el puente.