El brick, no estando ya aprisionado por sus anclas, siguió el impulso del viento, y se inclinó sobre estribor.
—¡Larga las gavias! ¡iza, iza, bracea, bracea! ¡amarra las gavias!—gritó aún Kernok.
Y el brick, sintiendo la fuerza de la brisa, se puso en marcha; sus amplias velas grises se hincharon poco a poco, el viento circuló silbando entre las cuerdas; ya Pempoul, la costa de Treguier, la isla Santa-Ana-Ros-Istam y la torre Blanca, se borraban poco a poco, huían a los ojos de los marineros, que, agrupados en los obenques y en las gavias, con la mirada fija sobre la tierra, parecían saludar a Francia en una última y larga despedida.
—¡La barra a babor! ¡la barra a babor!—gritó de pronto Zeli con espanto.
Inmediatamente la rueda del timón dio una vuelta rápida y El Gavilán se inclinó bruscamente.
—¿Qué hay, pues?—preguntó Kernok después que fue ejecutada la maniobra.
—Es Lescoët que llega, capitán; el bote que le conduce ha estado a punto de dejarse abordar, y lo hubiéramos aplastado como una cáscara de nuez, si no hubiese hecho virar sobre estribor—respondió Zeli.
El rezagado, que había saltado ágilmente a bordo, se acercó con aire confuso a Kernok.
—¿Por qué has tardado tanto?
—Mi anciana madre acaba de morir; he querido estar hasta el último momento a su lado para cerrarle los ojos.