—¡Ah!—dijo Kernok.
Después, volviéndose hacia su segundo:
—Arregla las cuentas a ese buen hijo.
Y el segundo dijo dos palabras al oído de Zeli que se llevó a Lescoët a un rincón.
—Hijo mío—le dijo agitando una cuerda larga y estrecha—, tenemos un hueso que roer juntos.
—Ya comprendo—dijo Lescoët palideciendo—; ¿y cuántos?
—Una miseria.
—Bien, pero quiero saberlo.
—Ya lo verás; no tengo interés en estafarte ninguno, y además tú podrás contarlos.
—Ya me vengaré.