La modesta cámara de antes estaba desconocida, tanto eran el lujo y la elegancia desplegados por Carlos. Sobre las paredes grises y desnudas se extendían ricos tapices que, separándose por encima de las ventanas, caían en pliegos ondulantes. El piso estaba cubierto de esteras de Lima, trenzadas de lina y blanca paja, y encuadradas en amplios dibujos de colores llamativos. Largas cajas de caoba roja y pulimentada contenían camelias, jazmines de Méjico y cactos de espesas hojas. En una linda jaula de limonero y de enrejado de plata revoloteaban unos hermosos pájaros de cabeza verde, de alas purpuradas con reflejos de oro, y bonitas cotorras de Puerto Rico, con todo el cuerpo azul, un penacho de color de naranja y el pico negro como el ébano.
El aire era tibio y embalsamado, el cielo puro, el mar magnífico; y, sin el ligero balanceo que el oleaje imprimía al barco, se hubiera podido creer que se estaba en tierra.
Sentado sobre un rico diván, Carlos sonreía a su esposa, que aun tenía una guitarra en la mano.
—¡Bravo, bravo, Anita mía!—exclamó él—, jamás se ha cantado mejor el amor.
—Es que jamás se ha experimentado mejor, ángel mío.
—Sí, y para siempre...—dijo Carlos.
—Para la vida...—contestó Anita.
Sus bocas se encontraron y él la estrechó contra él en un abrazo convulsivo.
Cayendo a sus pies, la guitarra despidió un sonido dulce y armonioso, como el último acorde de un órgano.
Carlos miraba a su mujer con esa mirada que va al corazón, que hace estremecer de amor, que hace daño.