Melia no dudaba de la habilidad de su amante, pero había querido eludir la prueba.

—¡Cobarde!—había gritado Kernok—; ¡pues bien! para enseñarte, voy a romper el vaso en que bebes.

Y diciendo esto había empuñado una pistola, y el vaso de Melia, roto por la bala, había saltado en mil pedazos.

Cuando Zeli entró, Kernok, con la cabeza inclinada hacia atrás, y la pistola aún en la mano, reía del espanto de Melia, que, pálida y trémula, se había refugiado en un rincón de la cámara.

—¡Y bien! Zeli—dijo el pirata—; ¡y bien! mi viejo lobo de mar, ¿tus señoritas se divierten por allá arriba?

—Le respondo de ello, mi capitán; pero esas damas esperan la sorpresa.

—¿La sorpresa? ¡Ah! es verdad; escucha...

Y dijo dos palabras al oído de Zeli. Este retrocedió con aire de extrañeza, abriendo su enorme boca.

—¡Cómo!... ¿Usted quiere...?

—Claro que lo quiero. ¿No es una sorpresa?