—Y famosa por cierto... Voy, capitán.
Kernok subió también al puente con Melia. A su presencia se sucedieron nuevos gritos de alegría.
—¡Hurra por el capitán Kernok, hurra por su mujer, hurra por El Gavilán!
Un cohete partió del San Pablo, que estaba al pairo a dos tiros de fusil del brick. Después de describir una curva, cayó en una lluvia de fuego.
—Capitán, ¿ha visto usted ese cohete?—dijo el segundo.
—Ya sé lo que es, valiente mío. Vamos, vamos, muchachos, haced circular el ron y la ginebra. Un vaso para mí y otro para mi mujer.
Melia quiso rehusar, pero, ¿cómo resistir a su dulce amigo?
—¡Vivan los camaradas y los bravos hijos del capitán de El Gavilán!—dijo Kernok después de haber bebido.
—¡Hurra!—contestó la tripulación en voz fuerte y sonora.
La orgía había llegado a su apogeo. Los marineros se habían agarrado de la mano y daban vueltas con rapidez alrededor del puente, cantando a gritos las canciones más obscenas y más crapulosas.