Bien pronto llegó el maestro Zeli con los diez hombres que Kernok había dejado antes a bordo del San Pablo.

No quedaba a bordo del navío español más que sus tripulantes atados y agarrotados sobre el puente.

—Todo está dispuesto—dijo Zeli—; cuando el segundo cohete parta, capitán, es que la mecha...

—Está bien—dijo Kernok interrumpiéndole—. Muchachos, os he prometido una sorpresa si os portabais bien. Vuestro juicio y vuestra moderación han excedido a lo que yo esperaba; voy, pues, a recompensaros. Ya veis ese navío español: aparejado y equipado como está, vale muy bien... treinta mil piastras... ¡yo pago cuarenta mil, muchachos, yo! lo compro sobre mi parte de la presa, a fin de tener el placer de ofrecer a la tripulación de El Gavilán un castillo de fuegos artificiales con acompañamiento de música. Ya se ha dado la señal. ¡Que cada uno ocupe el sitio que le agrade más!

Y todos los tripulantes, al menos los que estaban en estado de servirse de piernas y de ojos, se agruparon en las cofas y en los obenques.

El segundo cohete había partido del San Pablo y el fuego comenzaba a desarrollarse...

Esta era la sorpresa que Kernok preparaba a su gente; había enviado al maestro Zeli a bordo del navío español, para retirar la poca pólvora que pudiese quedar, disponer las materias combustibles en la cala y en el sollado y agarrotar lo más sólidamente posible a los desgraciados españoles, que no sospechaban nada.

Era, pues, el San Pablo que ardía; la noche era negra, el aire tranquilo, el mar como un espejo.

De pronto, un humo negro y bituminoso salió por las escotillas del navío con numerosos haces de chispas.

Y un grito penetrante... espantoso... que resonó a lo lejos, salió del interior del San Pablo, porque su tripulación veía la suerte que le estaba reservada.