Pero Kernok no se engañaba sobre la marcha de su buque; veía bien que la corbeta inglesa tenía sobre él una ventaja real, puesto que venía con el viento. Por lo tanto, obrando como un capitán prudente, ordenó hacer zafarrancho de combate, abrir el pañol de la pólvora, llenar los depósitos de balas, subir al puente las picas y las hachas de abordaje, velando en todo con una actividad increíble y pareciendo multiplicarse.
La corbeta inglesa avanzaba, avanzaba siempre...
Kernok hizo llamar a Melia, y la dijo:
—Querida amiga, probablemente se calentará el horno; vas a bajar inmediatamente a la cala, sin menearte más que lo haría un cañón sobre su afuste... ¡Ah! y a propósito, si notas que el brick hace algún movimiento y desciende, es que nos vamos a fondo. Ya me comprendes... y más bien espero eso que no ver a una marsopla fumar en pipa. Vamos basta de lloros, bésame, y que no vuelva a verte hasta después del baile, si es que no dejo la piel.
Melia se puso talmente pálida, que se la hubiera podido tomar por una estatua de alabastro...
—Kernok... déjeme a su lado—murmuró, y arrojó sus brazos al cuello del pirata, que se estremeció un momento y después la rechazó.
—¡Vete!—exclamó—; ¡vete!
—¡Kernok!... ¡déjame velar por tu vida!—dijo echándose a sus pies.
—Zeli, líbrame de esta loca y bájala a la cala—dijo el pirata.
Y como fuese a apoderarse de Melia, ella se desprendió violentamente, y se aproximó a Kernok, con el color animado y la vista brillante.