—Al menos—dijo—, toma este talismán; póntelo y protegerá tu vida durante el combate; su efecto es cierto; fue mi abuela quien me lo dio. Ese mágico talismán es más fuerte que el destino... Créeme, póntelo.

Y ella tendía a Kernok un saquito suspendido de un cordón negro.

—¡Atrás esa loca!—dijo Kernok encogiéndose de hombros—; ¿me has oído, Zeli? ¡a la cala!

—Si tú mueres, que sea por tu voluntad; pero al menos yo compartiré tu suerte. Ahora, nada, nada en el mundo protegerá mi vida; ¡vuelvo a ser mujer como tú eres hombre!—exclamó Melia que arrojó el saquito al mar.

—¡Excelente muchacha!—dijo Kernok siguiéndola con la vista mientras que dos marineros la bajaban al sollado por medio de una silla atada a una larga cuerda.

Y la corbeta inglesa se aproximaba siempre...

Zeli se aproximó a Kernok.

—Capitán, la corbeta nos toma la delantera.

—¡Bien lo veo, viejo tonto! nuestros remos no hacen nada y fatigan inútilmente a los hombres; hazlos retirar, cargar los cañones con dos balas, colocar los garfios de abordaje, los pedreros en las gavias. Haz también arriar las barrederas; si la brisa nos ayuda, nos batiremos sobre las gavias; es el mejor portante de El Gavilán.

Cuando la maniobra fue ejecutada, Kernok arengó a sus hombres en la siguiente forma: