—Muchachos, he ahí una corbeta que tiene las costillas sólidas; estrecha tan de cerca a El Gavilán, que no podemos esperar escaparnos de ella; además, tampoco es necesario. Si nos hacen prisioneros, seremos colgados; si nos entregamos, también; combatamos, pues, como bravos marineros, y quién sabe si, como dice el proverbio, apretando los talones, salvaremos los calzones. ¡Voto a tal! muchachos, El Gavilán ha echado a pique a un gran buque sardo de tres palos en las costas de Sicilia, después de dos horas de combate; ¿por qué ha de temer a esa corbeta del pabellón azul? Pensad también que tenemos diez millones que conservar. ¡Pardiez! ¡muchachos, diez millones, o la cuerda!
El efecto de esta peroración fue inmediato, y toda la tripulación gritó a la vez:
—¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!
La corbeta se hallaba entonces tan próxima que se distinguían perfectamente sus amuras y su aparejo.
De pronto se elevó una ligera humareda, brilló un relámpago, resonó un ruido sordo y una bala silbando pasó cerca del bauprés de El Gavilán.
—La corbeta empieza a hablar—dijo Kernok—, es nuestro pabellón el que quiere ver, ¡la curiosa!
—¿Cuál hay que izar?—preguntó Zeli.
—Este—contestó Kernok—, porque hay que ser galante.
Y empujó con el pie una vieja chaqueta de marinero, cubierta de manchas de vino y de alquitrán.
—¡Es raro!—dijo el contramaestre, y el guiñapo subió majestuosamente hasta lo alto de la driza.