Se supone que la broma pareció un poco pesada a los de la corbeta, porque dos cañonazos partieron casi inmediatamente y las balas hicieron bastantes destrozos en el aparejo de El Gavilán.
—¡Oh! ¡oh! ya nos incomodamos... no hay que hacerse de rogar—dijo Kernok—. ¡A mí, Melia!—y se precipitó sobre la culebrina que él había bautizado con este nombre, tomó medidas y apuntó—: ¡Ahí va eso!—e hizo jugar la batería.
—¡Bravo!—exclamó cuando el humo se hubo disipado y pudo apreciar el efecto del disparo—, ¡bravo! Mira, Zeli, mira, ya tiene su mastelero de foques destrozado: esto promete, muchachos, esto promete; pero es cuando El Gavilán le arañe sus costados con los garfios de abordaje, cuando reirá el inglés.
—¡Hurra, hurra!—gritó la tripulación.
La corbeta no respondió al disparo de Kernok, reparó prontamente sus averías, y se dejó ir sobre el corsario.
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Entonces estaba tan cerca, que se oían las voces de mando de los oficiales ingleses.
—Muchachos, a vuestras piezas—dijo Kernok precipitándose hacia un banco con la bocina en la mano—; a vuestras piezas, y ¡voto a tal! no hagáis fuego sin que os lo manden.
XI
EL COMBATE