A su alrededor gemían otros heridos, confundidos todos sobre el suelo, esperando que el señor Durand pudiese abandonar el martillo por el cuchillo.
—¡Voto a tal! tengo sed—continuó el maestro Zeli—; me siento débil; apenas si oigo hablar nuestros cañones; ¿es que están constipados?
Al contrario, las andanadas eran más fuertes y más frecuentes que nunca; lo que ocurría es que el oído del maestro Zeli estaba ya debilitado por la proximidad de la muerte.
—¡Oh! tengo sed—dijo—y frío, ¡yo que tanto calor tenía hace un momento!
Después, volviéndose a un compañero:
—Fíjate tú, polaco, ¿es que quieres quedarte tieso como ese que tienes al lado? ¡Oh! ¡el cochino! ¡qué feo es! ¡Toma! ahora pone los ojos en blanco.
Era uno que expiraba en las últimas convulsiones de la agonía.
—Durand, ¿vendrás de una vez?—gritó de nuevo Zeli—; ven a ver mi pierna, viejo mío.
—Al instante estoy para ti; otro martillazo nada más, y la avería que tenemos en la línea de flotación habrá desaparecido del todo... Bueno, ya te ha llegado el turno; ¿es que no somos cuñados?
—Sí, un poco—respondió Zeli.