El señor Durand descolgó el farol y lo aproximó al maestro Zeli que esbozó una entre mueca y sonrisa, muy orgulloso de la sorpresa que iba a dar a Durand.
—¡Toma!—dijo el cirujano-calafate-artillero—, ¿dónde está tu otra pierna, farsante?
—Allá arriba, sobre el puente, quizás aún... Vamos, desembarázame de ésta, porque me incomoda mucho. Parece que me han atado una bala de treinta y seis al pie. ¡Oh! y tengo sed, siempre sed.
Mientras examinaba la pierna del maestro Zeli, el señor Durand sacudió tres o cuatro veces la cabeza y silbó, muy bajo, es verdad, el aire del Botón de rosa, para acabar diciendo:
—Estás... fastidiado, viejo mío.
—¡Ah! pero, ¿de veras?
—Sí, sí.
—Entonces, si tú eres un buen muchacho, toma mi pistola y levántame la tapa de los sesos.
—Iba a proponértelo.
—Gracias.