—¿No tienes ningún encargo que hacerme?
—No. ¡Ah! sí; toma mi reloj; se lo darás a Grano de Sal.
—Bien. Vamos...
—¡Ah! me olvidaba; si el capitán no revienta allá arriba, dile de mi parte que ha mandado como un valiente.
—Bien. Vamos...
—¿De modo que tú crees que estoy lo que se llama...?
—Sí, a fe de hombre, y ya comprenderás que yo no querría hacer una mala partida a un amigo.
—Es verdad. Pero a pesar de eso siempre... Brrr... ¡Qué frío! Casi no puedo hablar... Me parece que mi lengua pesa tanto como un pedazo de plomo. Toma, ahora estoy mareado... Adiós, viejo. Otro apretón de manos... Vamos, ¿estás dispuesto?
—Sí.
—Perfectamente. ¡Fuego! eso me curará...