Cayó.

—Pobre b...—dijo el señor Durand.

Esta fue la oración fúnebre del maestro Zeli.

El señor Durand hubiera deseado quizá terminar todas sus operaciones tan caballerescamente, pero sus otros clientes, espantados de la violencia del tópico, que había, no obstante, dado tan buenos resultados en el maestro Zeli, prefirieron emplasto de estopa y de grasa, que el honrado doctor aplicaba indistintamente a todo y para todo, con un suplemento de consuelos para los moribundos. Tan pronto era: «¡Bah! Después de nosotros, el fin del mundo». O bien: «La próxima campaña debía ser ruda, el invierno frío, el vino malo»; y una multitud de otras gracias destinadas a endulzar los últimos momentos de los pobres piratas, que tenían el cuidado de abandonar una honorable existencia sin saber demasiado a dónde iban.

El señor Durand fue interrumpido bruscamente en sus cuidados espirituales y temporales por Grano de Sal, que cayó como una bomba en medio de siete agonizantes y de once muertos.

—¿Vienes a estorbarme en mi trabajo, perro?—dijo el doctor.

Y el grumete recibió con esta admonición una bofetada que hubiera abrumado a un rinoceronte.

—No, maestro Durand; al contrario, es que piden municiones allá arriba, porque acaban de enviar la última granada; y no crea usted, la corbeta inglesa ha quedado rasa como un pontón, pero sigue haciendo un fuego de mil demonios... ¡Ah! Mire, una bala se me ha llevado un dedo. Vea usted, maestro Durand...

—¿Y quieres que yo pierda el tiempo en mirar tu rasguño, bribón, perro?

—Gracias, señor Durand; lo cierto es que vale más eso, que tener un brazo de menos—dijo Grano de Sal envolviendo precipitadamente en estopa lo que le quedaba del dedo—. Pero mire—añadió—, ahí llega un parroquiano, maestro.