Era un herido que descendía al sollado; como estaba mal atado, cayó sobre el suelo, quedando muerto.
—Otro que ya está curado—dijo el maestro Durand que estaba absorto pensando cómo remediar la falta de balas.
—¡Municiones!... ¡municiones!—gritaban muchas voces con un acento de terror.
—¡Voto a tal! ¡aun cuando debiéramos cargar los cañones con grumetes, se hará fuego contra los ingleses!—exclamó el maestro Durand subiendo rápidamente al puente.
Grano de Sal le siguió, no sabiendo si la intención que el doctor había manifestado de emplearle como proyectil, era una broma o no. Pero, fiel a su sistema de consolarse, se dijo:
—Preferiría eso a ser colgado por los ingleses.
XII
SIGUE EL COMBATE
¡Silencio! todo ha terminado, todo
se lo ha tragado el abismo. La espuma
de los altos mástiles ha cubierto la cima.
Víctor Hugo, «Navarin».
—¡Y bien! ¡o vienen balas, o somos hundidos como perros!—gritó Kernok al maestro Durand tan pronto como le vio aparecer sobre el puente.