Sus marineros, al contrario, se habían mirado largo rato con una especie de extrañeza estúpida. Pero, pasado este primer movimiento, el natural indiferente y brutal se adueñó otra vez de ellos, y todos, en un impulso espontáneo, gritaron:
—¡Hurra! ¡Viva El Gavilán y el capitán Kernok!
—¡Hurra! ¡muchachos!—dijo él—. Y bien, ya lo veis; El Gavilán tiene el pico duro; pero ahora hay que pensar en reparar las averías. Según mi estima, debemos estar por el lado de las Azores. La brisa fresquea; vamos, muchachos, limpiemos el puente. Y en cuanto a los heridos... en cuanto a los heridos—repitió golpeando maquinalmente el empalletado con su hacha—, les harás llevar a la corbeta, maestro Durand—dijo bruscamente.
—¿Para...?—preguntó éste con aire interrogativo.
—Ya lo sabrás—respondió Kernok con aire sombrío, frunciendo sus espesas cejas.
El maestro Durand fue a cumplir las órdenes del capitán, murmurando:
—¿Qué querrá hacer? Es raro...
—¡Aquí, grumete!—gritó Kernok a Grano de Sal que estaba enjugando con aire de tristeza el reloj que le había legado el maestro Zeli, porque estaba cubierto de sangre.
El marmitón levantó la cabeza; las lágrimas brillaban en sus ojos. Avanzó hacia el terrible capitán, pero sin el menor temor. Una idea fija le dominaba, y era el recuerdo de la muerte de Zeli, al cual era bien adicto.
—Vas a bajar a la cala y decir a mi mujer que puede venir a besarme: ¿oyes?—dijo Kernok.