—Sí, capitán—respondió Grano de Sal; y una gruesa lágrima cayó sobre el reloj.
En el acto desapareció por la escotilla.
Kernok subió con agilidad a las gavias y examinó el aparejo con la más escrupulosa atención; las averías eran numerosas, pero no inquietantes, y con la ayuda de los palos y de las vergas de recambio, comprendió que podría continuar su ruta y llegar al puerto más inmediato.
Grano de Sal volvió a subir al puente, pero solo.
—¡Y bien!—dijo Kernok—; ¿dónde está mi mujer, animal?
—Capitán, es que...
—¿Qué es? ¿hablarás, perro?
—Capitán... está en la cala...
—Ya lo sé. ¿Por qué no ha subido, bribón?
—¡Ah! ¡caramba! capitán... es que está muerta...