—¡Cómo pasa el tiempo!—contestó el hombre del cuello alto echándose al coleto un enorme vaso de aguardiente—; me parece que fue ayer: ¿no es eso, Grano de Sal? Y si te llamo Grano de Sal entre nosotros, es porque tú me lo has permitido, muchacho. Esto me recuerda los tiempos pasados.
Y el viejo se echó a reír dulcemente.
—¡Voto a tal! no se moleste usted, señor Durand; usted es uno de los antiguos, un amigo del pobre señor Kernok.
Y de nuevo levantó los ojos al cielo suspirando.
—¡Qué quieres, muchacho! cuando llega la hora de desamarrar—dijo el señor Durand sorbiendo, con un largo resoplido, una gota de aguardiente que quedaba en el fondo de su vaso—, cuando el cable cede, el áncora se va al fondo. Es lo que decía yo siempre a mis enfermos, a mis calafates, o a mis artilleros, porque tú sabes...
—Sí, sí, ya lo sé, maestro Durand—respondió prontamente Grano de Sal que temblaba a la idea de oír al ex artillero-cirujano-calafate comenzar de nuevo el relato de sus triples hazañas—; pero eso es más fuerte que yo, y se me parte el corazón cuando pienso que aun no hace un año estaba ese pobre señor Kernok allá abajo en su granja de Treheurel y que todas las noches fumábamos una pipa con él.
—Es verdad, Grano de Sal. ¡Dios de Dios! ¡qué hombre! ¡y le querían en toda la comarca! Un desgraciado marinero le pedía algo, y lo obtenía al instante. En fin, desde hace veinte años que se había retirado de los negocios para vivir de sus rentas, todos se hacían lenguas de su caridad. Y después, ¡qué respetable cara con sus largos cabellos blancos y su frac marrón! ¡qué aire más bondadoso cuando llevaba a la espalda a los hijos del viejo Cerisoët, el artillero, o les hacía barquitos de corcho! Solamente yo le hacía siempre un reproche a ese pobre Kernok, se había aficionado demasiado a la gente de sotana.
—¡Ah! ¡porque era mayordomo de la parroquia! Y además, por pasar el tiempo. Pero no podrá usted dejar de confesar que infundía respeto en su banco de encina, con sus guantes blancos y su pechera, el día de la fiesta de la parroquia de San Juan.
—Yo prefería verle en el puente, con un hacha en la mano y su bocina en la otra—respondió el ex artillero-cirujano-calafate llenando su vaso.
—Pues, ¿y en la procesión, señor Durand? cuando presumía con su cirio, que quería llevar siempre como una espada, a pesar de las lecciones del monaguillo... Pero lo que desolaba sobre todo al señor cura es que el capitán Kernok mascaba tanto, que durante la misa escupía sobre todo el mundo.