—Le desolaba... le desolaba... es por eso por lo que embruteció a mi camarada para hacerle dejar al presbiterio veinte fanegas de sus mejores prados.

Aquí Grano de Sal alargó inverosímilmente el labio inferior guiñando los ojos, miró al maestro Durand con el aire más picaresco, más malicioso, más burlón que fuera posible imaginar, moviendo negativamente la cabeza.

—¡Caray! ¡si lo sabré yo!—repitió el maestro Durand casi ofendido de la pantomima del antiguo grumete.

—Vamos, vamos, tranquilícese usted—repuso éste—, no es al cura a quien ha hecho esta donación.

Aquí una pausa, y la extrañeza del maestro Durand se manifestó por un excesivo enarcamiento de sus cejas y por la absorción de un glorioso vaso de vino.

—Es—dijo Grano de Sal—, a la sobrina del cura, ¡eh!

—¡Ah! el viejo farsante, el viejo farsante—murmuró el maestro Durand lanzando una carcajada homérica—; ya no me extraña que fuese mayordomo y que comulgase con tanta frecuencia.

Y se entregó con Grano de Sal a unos arrebatos de alegría tan ruidosa; que unos perros comenzaron a ladrarles.

—Lo más mortificante es que—continuó Grano de Sal—toda la fortuna del capitán Kernok vuelve al Gobierno. Como no había hecho testamento...

—¿Cómo había de pensarlo? ¿Es que podía prever ese accidente?