—Usted le vio después... después de la cosa... ¿no es cierto, señor Durand? porque yo había ido a Saint-Pol.

—Seguramente que le vi. Figúrate tú, muchacho, que vienen a decirme: «Señor Durand, se siente olor de quemado en casa del señor Kernok; ¡pero de una chamusquina más rara!» Eran las ocho de la mañana y nadie se atrevía a entrar en su habitación; ¡son tan bestias! Me decido yo a entrar, muchacho, y... ¡Ah! ¡Dios mío! échame de beber, porque me pongo malo cada vez que lo recuerdo.

Se repuso un poco después de un largo trago de aguardiente, y continuó:

—Entro, y figúrate tú qué espectáculo: el cuerpo de mi pobre viejo Kernok cubierto de una ancha llama azulada que le corría de la cabeza a los pies, lo mismo que cuando arde un ponche. Yo me aproximé y le eché agua; ¡bah! aún ardía más fuerte, porque estaba casi cocido.

Grano de Sal palideció.

—¡Esto te extraña, hijo mío! pues bien, yo se lo había predicho.

—¡Usted!...

—Sí. El bebía demasiado aguardiente, y yo le decía siempre: «Mi viejo camarada, tú acabarás por una concustion invantánea—dijo el maestro Durand con importancia, apoyando cada palabra e hinchando los carrillos.

Quería decir una combustión instantánea, solución exacta y verdadera de la muerte de Kernok, dada por un médico de Quimper, hombre muy entendido, al que se había enviado a buscar un poco demasiado tarde.

—¿Y eso no le hace temblar, señor Durand?—dijo Grano de Sal que veía con pena al ex artillero-cirujano-calafate tomar la misma dirección que su difunto capitán.