—Yo, es diferente, muchacho; yo mezclo el aguardiente con vino, mientras que él lo bebía puro.

—¡Ah!...—respondió Grano de Sal poco convencido de la temperancia del señor Durand.

—¡Toma!—dijo éste—, ahí tienes uno que morirá en la piel de un bandido, si es que no le desuellan vivo.

Y señalaba a un hombre alto y delgado, con uniforme azul bordado, que atravesaba la plaza.

—¡Cuánto daría por estar a bordo con ese perro de Plick, él con los brazos atados a una cuerda de obenques y la espalda desnuda... yo con un buen rebenque en la mano! ¡Cuando pienso que por haber pasado por las manos de ese miserable de comisario nuestra parte de presa ha disminuido en nueve décimos; que en lugar de los sesenta mil francos con que vivo desde hace veinte años podría tener un millón, y que a ese pobre Kernok no le tocaron más que doscientos mil francos de las toneladas de plata que recogimos a bordo del buque español!

—¡Bah!—dijo Grano de Sal—, un poco más, un poco menos, es igual. Yo estoy bien contento de haber abandonado el oficio con lo que tengo y de haberme comprado un quechemarín para el cabotaje. Pero desde que no veo al pobre señor Kernok, parece que me falta algo.

—A propósito—dijo el señor Durand—, creo que se acerca la hora de la misa que hacemos decir en San Juan a ese pobre viejo.

Grano de Sal sacó un reloj lo menos de una pulgada de grueso.

—Tiene usted razón, señor Durand, son las diez.

Después, alargándole el reloj, atado con cuidado a una larga cadena de acero reforzada con un cordón negro: