—Vea, ¿lo reconoce usted?—dijo al maestro.

—¡Si lo reconozco!... es el que el pobre Zeli me dio para que te lo entregase el día del combate de El Gavilán contra la corbeta. ¡Pobre Zeli! Aun le veo, tendiéndome la mano y diciéndome: «¡Toma!... esto es para Grano de Sal... Adiós... viejo... no te olvides». ¡Voto a tal!—dijo el viejo emocionado—, esto me da más pena ahora, cada vez que me acuerdo, que en el momento en que ocurrió. ¡Pobre Zeli!

Y la cabeza del señor Durand cayó entre sus manos callosas y arrugadas.

Grano de Sal parecía absorto en un doloroso recuerdo mirando su reloj.

—Son cinco litros de vino y una botella de aguardiente—dijo el posadero, con su gorra en la mano, e inquieto de la prolongada permanencia de los dos marinos.

—Lo que sobre para ti—dijo Grano de Sal arrojándole una moneda de oro.

Y dando el brazo al viejo Durand, se encaminó con él hacia la capilla de San Juan.

XIV

LA MISA DE DIFUNTOS

...Golpea los aires como el toque funesto
Que pide a los vivos las primas para los muertos
Cuando un frío ataúd es lo único que queda
De la que sonrió a nuestros primeros esfuerzos.
S. Delaunay, «Ob. inéditas».