«...Sí, hermanos míos, agitada. Pero después de haber navegado en un mar proceloso, la popa de su esquife ha conseguido una orilla de paz y de reposo.»

—¡La popa, la popa!—dijo Durand con aire despreciativo—; ¡la proa, la proa, sacristán!

El cura lanzó una mirada de indignación a Durand y repitió con obstinación:

«Pero la popa de su esquife consigió por fin la orilla de paz y de reposo, donde ese virtuoso, ese digno, ese respetable anciano hizo brotar la flor de la caridad y de la religión.»

¡Qué bestia es ese cura!—murmuró Grano de Sal.

—Bestia como un arenque—contestó Durand encogiéndose de hombros.

«...Así, hermanos míos—continuó el predicador—, uníos a mí para dar las gracias al Rey de los reyes por haber coronado al que todos lloramos con una aureola de su eternidad.»

—Amén—respondieron los asistentes.

—Oye, Grano de Sal: ¿ves tú al capitán Kernok tocado con una aureola?—dijo el maestro Durand.

Pero Grano de Sal ya no le escuchaba, porque el cura había descendido del púlpito para dirigirse al cementerio donde reposaba Kernok; pronto llegaron ante la tumba.