El rostro de Grano de Sal se había vuelto severo y sombrío, tenía la gorra entre sus manos, y Durand le apretaba el brazo mientras se enjugaba los ojos.
Entonces el cura dijo algunas oraciones, que fueron repetidas a coro por los asistentes arrodillados, y luego todos se retiraron.
Sólo quedaron Durand y Grano de Sal.
Y el sol había desaparecido hacía ya rato detrás de las montañas de Tregnier, mientras que los dos amigos aun continuaban sentados cerca de la tumba de Kernok, mudos y pensativos, con la cabeza oculta entre las manos.
EL GITANO
Cara de ángel y corazón de demonio.
Lope de Vega.
CAPÍTULO I
EL BARBERO DE SANTA MARÍA
Un barbero di qualidad.