—Darle las gracias, ¿no es eso, maestro? Lo tendré presente, y a la primera cuchillada que tenga la desgracia de dar, le diré al alcalde: Señor, mi enemigo es un individuo propenso a la plétora y esto no es más que una evacuación sanguínea. Tenga en cuenta, señor, que lo he hecho por su bien.

Aquí, los numerosos parroquianos que llenaban la tienda de Flores se echaron a reír tan fuertemente, que el barbero se puso rojo de cólera.

—¡Hijo de Satanás!—murmuró mientras aplicaba su benéfico bálsamo sobre la herida sangrienta.

—¡Me maldice usted, padrecito!—dijo el marino—; vaya, no se incomode; se lo perdono todo, incluso la sangría, gracias a la buena noticia que usted acaba de darnos... ¡Ah! ¡conque la tartana de ese maldito ha fondeado cerca de Conil! ¡Por mi madre, daría con gusto los ocho años de soldada que Fernando me debe por ver a ese condenado gitano con grilletes en los pies y en las manos y arrodillado en la capilla ardiente! ¡Cuántas veces, al querer darle caza con la escampavía he renegado de mi patrón por las bordadas que nos hacía correr ese favorito del infierno! ¡porque siempre se embarca cuando peor tiempo hace! Y mientras que nuestra embarcación rodaba cubierta por el oleaje, la suya parecía saltar y deslizarse por las olas... ¡Virgen del Carmen! apostaría este par de alpargatas nuevas a que si el gitano tocase con el dedo la pila del agua bendita, ésta se estremecería y herviría como si hubiesen metido un hierro candente.

—Puede ser—dijo Flores—; pero es lo cierto que mi noticia es positiva.

—Que el cielo le oiga—dijo uno—, y yo prometo a San Francisco hacer dormir a mis criados sobre la piedra y no darles más que garbanzos cocidos con agua por espacio de nueve días.

—Que lo prendan, y yo prometo a la Virgen una hermosa mantilla y un anillo.

—Yo prometo a la Virgen del Pilar ir de aquí a Jerez con los pies desnudos, un cirio de tres libras entre los dientes y las manos atadas a la espalda, cuando vea a ese renegado en un calabozo esperando su suplicio—dijo un tercero.

—Y yo—exclamó un tratante en ganado—, me comprometo a dar dos de mis mejores cabritos a los santos padres de San Juan, si me prometen que el descreído será descuartizado y le echan plomo derretido en los ojos; porque ¡por San Pedro! yo no quiero la muerte del pecador, pero ha de haber una justicia. Si ese primo de Satanás se contentase con hacer el contrabando, aunque esté condenado, se le podrían comprar sus mercancías exorcizándolas; pero el maldito saquea las casas de campo de la costa, roba nuestras hijas y comete profanaciones en nuestras capillas. Aun no hace mucho se ha encontrado la imagen de San Ildefonso con una gorra de marinero en la cabeza y una larga pipa en la boca. ¡Por los siete Dolores de la Virgen! ¡semejantes abominaciones no anuncian nada bueno!

—¡Y pensar—dijo el marino—que el señor gobernador de Cádiz no puede disponer de una buena fragata para poner término a tales horrores y que no tenemos para defendernos más que algunos guardacostas que huyen así que divisan el bauprés de la tartana maldita! Armemos algunos faluchos por cuenta nuestra, compadre, y ¡por Santiago! ya veremos si Satán le protege y si está al abrigo del plomo.