—Una cosa bien singular—dijo en voz baja el tratante en ganados—, es que Pedrillo, mi cabrero, me ha asegurado haber visto un bote de la embarcación del gitano abordar a lo largo de las rocas donde está construido el convento de San Juan, y que...
—¿Y qué?—dijeron todos a la vez.
—Y que el condenado había entrado en el santo lugar.
—¡Jesús! ¡Virgen santa! ¡qué horror!—dijo la multitud persignándose.
—Pues eso no es nada aún: el condenado se ha atrevido a subir a la torre del reloj, y mi cabrero lo ha visto perfectamente fumando su cigarro maldito, y poco después... ¡le ha oído acompañarse una canción blasfema con su guitarra maldita!
—Pero, los dignos padres, ¿cómo han sufrido semejante abominación?—preguntó Flores con aire contrito.
—¡Ahí verá usted!—y el interlocutor entornó los ojos sonriendo maliciosamente.
A pesar de todo el peligro que había en hablar de cosas del clero, se iba quizás a discutir gravemente sobre este asunto, cuando una voz aguda y estridente dijo en tono burlón:
—¡A menos que el condenado del gitano no sea el mismo Satanás!
Todos los ojos se volvieron hacia un rincón obscuro de la barbería, porque era allí donde se encontraba el desconocido que había pronunciado tan singulares palabras. Cuando vio todas las miradas de la asamblea fijas en él, se levantó, dejó caer su obscura capa, atravesó el largo salón del establecimiento y fue a sentarse gravemente en el gran sillón, que entonces esperaba un paciente.